Parece imposible que nuestra especie haya salido de la molicie inherente a su fatum. Somos de natural relajado, si tuviéramos la certeza de tener resuelto el peculio y careciéramos del miedo que nos han inculcado desde que empezábamos a pensar (e incluso antes, ya que algunos gremios llevan muchos siglos preocupándose de que no lo hagamos por nosotros mismos), no moveríamos ni un dedo a no ser que fuéramos a hacer algo que nos produjera algún tipo de satisfacción. Si a esto le añadiéramos la posibilidad de que –dada esta supuesta circunstancia- fuéramos bastantes menos los que pudiéramos abusar de la abundancia del planeta, seguramente no me habría dedicado a escribir este blog y no estarías leyendo los devaneos de mi teclado.
Pero el destino de nuestro linaje en algún momento cambió y comenzó una competencia en la que nunca sabremos quién es el verdadero adversario porque seguramente se nos metió dentro. Algo nos transformó hasta el punto de que ya no hace falta que nadie imponga un censor para que limite nuestra independencia personal.
Ya quedan pocos que hagamos nuestra esa maravillosa frase de “a mí que me dejen tranquilo”, entendiendo la vida como un lugar sin complicaciones y sin saber (ni querer saberlo) que es lo que hacen los demás, ahora no nos escapamos de saberlo todo y de tener una opinión, aunque sea impuesta o elegida en uno de tantos escaparates.
Dejadme, por favor, disfrutar de la pesca sin aditivos, sin sobre-motivaciones, sin competencia, sin intromisiones comerciales, sin vigilancia y sin pregoneros. Sin el exceso de datos, ni de opiniones apadrinadas y de manipulaciones: dejad que vuestra influencia no impida el deleite cuando pesco, dejad que me lleve el ocio y no el negocio (que al fin y al cabo en la negación del primero).
Es la parvedad de tiempo del que dispongo para abandonar tanta desmesura.
domingo, 24 de septiembre de 2017
sábado, 9 de septiembre de 2017
Indulgencia para los necios
Arrogarse la capacidad del perdón es tanto como situarse por encima de los que son suspicaces de ser perdonados.
Hay profesionales a los que les cuesta toda una carrera
poder otorgar perdones oficiales (luego se ponen un disfraz y de esta guisa se
afanan por defender los valores fundamentales de los intereses establecidos);
sin embargo a otros, sin la necesidad de subirse a un escaño, se nos ha
concedido por el simple hecho de publicar en un blog y que otros lo lean y
ponderen las razones en él expuestas.
Por supuesto que el juicio que un humilde opinador como yo pueda ejercer, no tiene más consecuencias que la inoculación de una leve dosis de mi ética particular y supongo que algo de incidencia en el intento de abrir un poco las ventanas para crear una corriente que despeje tanto aire viciado como respiramos, aunque a veces se cuele un cierto tufillo de acritud posible e involuntariamente motivado por el hartazgo.
Por supuesto que el juicio que un humilde opinador como yo pueda ejercer, no tiene más consecuencias que la inoculación de una leve dosis de mi ética particular y supongo que algo de incidencia en el intento de abrir un poco las ventanas para crear una corriente que despeje tanto aire viciado como respiramos, aunque a veces se cuele un cierto tufillo de acritud posible e involuntariamente motivado por el hartazgo.
Casi todos tenemos derecho a ser perdonados cuando cometemos
algún acto en contra de este bienestar que nos hemos concedido y es de
reconocer que las faltas veniales que habitualmente vemos en los otros inducen
a mantener altos los reflejos frente a la soberbia, la ineptitud, el exhibicionismo,
la publicidad, la manipulación, la falsa humildad y el amiguismo interesado.
Para que todos los que se dejan llevar por los placeres del
ego y de la codicia puedan reconciliarse con los que ya hemos llegado al punto
de sublimación, propongo que la próxima temporada de pesca sea Jubilar. Por lo
que si aquéllos que reproducen sin cesar sus incontenibles deseos de perpetuar
la divulgación de sus ocurrencias las reducen -por lo menos a la mitad- recibirán
mis indulgencias plenarias
De las faltas capitales ya hablaremos…
domingo, 20 de agosto de 2017
El maniqueísmo
No dejo de asómbrame ante las actitudes serviles de palmeros incondicionales que son arengados con las palabras adecuadas, tanto si son a favor del discurso del palmeado, como si el palmeado hace discursos contrarios a sus intereses (curiosa paradoja esta de los intereses cambiantes, por otro lado habitual en nuestros días). Digamos que el gremio de los que gustan de volantes, lunares y chorreras en sus camisas son perfectamente manipulables una vez que el discurso de su sádico de cabecera ha hecho caer la barrera de su nivel de crítica (aunque sospecho que entre este colectivo el nivel de esta cualidad también es crítico).
Cómo consiguen los "adalides piscatoriales" este efecto antibarreras se explica con estratagemas que noquean a cualquier confundido que no tenga un mínimo de oposición lógica a tantas memeces que cotidianamente se proclaman. Los sociólogos, políticos y publicistas se ganan la vida con esto, unos estudiándolo y los otros vendiéndolo. Consiste en transmitir un mensaje introduciéndolo en un cuento que nos despiste del verdadero propósito que encierra, si en el cuento hay algo que nos identifica, la barrera ya está traspasada y el mensaje colado. Si a esto le sumamos una dosis de metafísica que no entienda ni él, un mensaje con palabras sencillas y tiernas, otro poco de demagogia, algo de campechanía y una pizca de soberbia, ya tenemos al líder carismático perfecto.
Sorprende que personajes que no saben escribir más de cinco palabras sin cometer alguna falta de ortografía (algunas veces, y dependiendo para qué público se dirija, ésto es una gran ventaja), manejen técnicas de marketing tan avanzadas. No cabe duda de que estas habilidades arcanas que se transmiten inconscientemente a través del acervo, tienen el mérito de engañar al que anda desorientado en busca de algún mesías o al que no tenga claro por dónde van sus intereses. Mi intención es que por lo menos sepamos cuales son los trucos que se emplean en este juego maniqueo.
domingo, 13 de agosto de 2017
Ejercicio de empatía
Hay veces que, aún teniendo, se te quitan las ganas de tener ganas.
Pero hoy no a ser una de esas ocasiones, siempre he pensado que alguien que supiera que significa esa palabra, podría acusarme de catagelasticista, pero el que lo haga tendrá mucho que argumentar después de haber sonreído con mis textos para no identificarse también en este colectivo. Es más, si no lo fueras, querido lector, no estarías leyendo estos párrafos nada más que por aumentar el grado de desprecio que puedas sentir hacia mí. No obstante si te identificas con aquéllos que se divierten con los defectos ajenos, piensa que después de tanto leer en este blog, seguro que en alguno de mis textos alguien te habrá visto reflejado.
Casi siempre escribo para tapar la boca a uno o a varios gilipollas, me inspiro más cuanto más grande es la gilipollez por la que escribo. Por lo que es sencillo descubrir a través de la calidad de mis textos el grado de esta cualidad que tienen a los que van dirigidos. Me animo a escribir observando desde un punto de vista empático con aquellos que llevan hasta las últimas consecuencias su anhelada meritoriedad (mediocridad), como si el exponer y promocionar sus hazañas a quién no se las ha pedido fuese el motor de su existencia.
Lo mío no va más allá de una crítica social con afanes constructivos y no hay mejor crítica benéfica que la que se realiza después de un ejercicio de empatía.
Pues bien, me voy a meter en su pellejo para intentar comprender tanto esfuerzo evangelizador. Voy a ser ocurrente y acudir a la paremiología para entretener a mis lectores con aforismos utilizados ad nauseam en el mundillo de la pesca, propongo ejemplos (algunos manipulados) de cada una de sus representaciones:
Un adagio es una sentencia breve, de origen popular que suele tener un significado moralizante: “El que quiera peces que se moje el culo”.
Un apotegma es un dicho breve y sentencioso proferido o escrito por algún personaje ilustre o famoso: “Me encanta pescar. Pones el anzuelo en el agua y no sabes lo que está en el otro lado. Tu imaginación está toda ahí abajo”.
Una máxima es una frase que expresa brevemente una regla de enseñanza o principio moral generalmente admitido: “Regala un pescado a un tonto y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo tendrás dándote la tabarra durante el resto de su vida”.
Un proverbio es una sentencia de origen popular que expresa un consejo, enseñanza o crítica: “Siempre, siempre, captura y suelta”.
Un refrán es un dicho de tradición popular que contiene una enseñanza moral o consejo: “Un tonto engaña a cientos si le dan lugar y tiempo”.
Y una sentencia es un dicho o expresión breve que contiene una opinión, juicio o parecer sobre una cosa, suele encerrar doctrina o moralidad: “Pescar es algo más que sacar peces”.
También podría acudir al esperpento para exacerbar las infames cualidades de los literatos de andar por casa que la pesca ha ofrecido al mundo a través de lo que se podría llamar “el capricho en los cambios semánticos en el lenguaje escrito”, que es un estilo más rayano a la cursilería o a la dislexia que al uso de cualquier figura retórica en el que se pueda encajar este género de hilarante tortura. Pero no es mi deseo agotar al lector y lo dejo para encontrar mejor inspiración en las próximas gilipolleces que vea, oiga o lea; que seguro no tardo mucho.
Pero hoy no a ser una de esas ocasiones, siempre he pensado que alguien que supiera que significa esa palabra, podría acusarme de catagelasticista, pero el que lo haga tendrá mucho que argumentar después de haber sonreído con mis textos para no identificarse también en este colectivo. Es más, si no lo fueras, querido lector, no estarías leyendo estos párrafos nada más que por aumentar el grado de desprecio que puedas sentir hacia mí. No obstante si te identificas con aquéllos que se divierten con los defectos ajenos, piensa que después de tanto leer en este blog, seguro que en alguno de mis textos alguien te habrá visto reflejado.
Casi siempre escribo para tapar la boca a uno o a varios gilipollas, me inspiro más cuanto más grande es la gilipollez por la que escribo. Por lo que es sencillo descubrir a través de la calidad de mis textos el grado de esta cualidad que tienen a los que van dirigidos. Me animo a escribir observando desde un punto de vista empático con aquellos que llevan hasta las últimas consecuencias su anhelada meritoriedad (mediocridad), como si el exponer y promocionar sus hazañas a quién no se las ha pedido fuese el motor de su existencia.
Lo mío no va más allá de una crítica social con afanes constructivos y no hay mejor crítica benéfica que la que se realiza después de un ejercicio de empatía.
Pues bien, me voy a meter en su pellejo para intentar comprender tanto esfuerzo evangelizador. Voy a ser ocurrente y acudir a la paremiología para entretener a mis lectores con aforismos utilizados ad nauseam en el mundillo de la pesca, propongo ejemplos (algunos manipulados) de cada una de sus representaciones:
Un adagio es una sentencia breve, de origen popular que suele tener un significado moralizante: “El que quiera peces que se moje el culo”.
Un apotegma es un dicho breve y sentencioso proferido o escrito por algún personaje ilustre o famoso: “Me encanta pescar. Pones el anzuelo en el agua y no sabes lo que está en el otro lado. Tu imaginación está toda ahí abajo”.
Una máxima es una frase que expresa brevemente una regla de enseñanza o principio moral generalmente admitido: “Regala un pescado a un tonto y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo tendrás dándote la tabarra durante el resto de su vida”.
Un proverbio es una sentencia de origen popular que expresa un consejo, enseñanza o crítica: “Siempre, siempre, captura y suelta”.
Un refrán es un dicho de tradición popular que contiene una enseñanza moral o consejo: “Un tonto engaña a cientos si le dan lugar y tiempo”.
Y una sentencia es un dicho o expresión breve que contiene una opinión, juicio o parecer sobre una cosa, suele encerrar doctrina o moralidad: “Pescar es algo más que sacar peces”.
También podría acudir al esperpento para exacerbar las infames cualidades de los literatos de andar por casa que la pesca ha ofrecido al mundo a través de lo que se podría llamar “el capricho en los cambios semánticos en el lenguaje escrito”, que es un estilo más rayano a la cursilería o a la dislexia que al uso de cualquier figura retórica en el que se pueda encajar este género de hilarante tortura. Pero no es mi deseo agotar al lector y lo dejo para encontrar mejor inspiración en las próximas gilipolleces que vea, oiga o lea; que seguro no tardo mucho.
domingo, 30 de julio de 2017
La intrascendencia
Hay veces que las sátiras que elaboro recorren sendas paralelas a la realidad, es bastante complicado ceñirse a la estrecha vereda que trazan los acontecimientos sin salirse de sus márgenes, y por eso ni lo intento, si por un casual alguno cree que ambos caminos coinciden en su totalidad seguro que el mérito es suyo, pero es posible que algunas veces se crucen e incluso que en algunos tramos se superpongan.
Las causas se pierden o se ganan ante los que toman decisiones por distintos motivos que, a tenor de cómo funciona actualmente el comportamiento de los grupos sociales relacionados con la pesca, podríamos establecerlos como:
Del orden de intrascendencia en que se coloquen estas acciones surgirá la fórmula decisoria que tendrá como consecuencia el resultado de las medidas tomadas y también nos dará el índice de calidad del sistema de convivencia que nos hemos dado.
Por supuesto que, en todos y cada uno de los argumentos que se aducen para inclinar la balanza, intervienen por un lado la perfidia, la manipulación y la mezquindad; y por el otro la inconsistencia, la idealismo y la filantropía. Estos rasgos del comportamiento humano, unidos a otros tan característicos como la codicia y la estupidez, forman el caldo base.
Pero para entender el resultado del potaje de mezclar todos estos ingredientes, hay que elegir bien la cacerola en que se han metido, conocer la temperatura que pueden alcanzar y saber proporcionar correctamente los ingredientes de la receta. Como es lógico eso sólo lo hacen bien los buenos cocineros experimentados y aunque desgraciadamente no hay muchos, si es posible que puedan llegar a crear escuela. Los que probamos el resultado de este guiso podemos tener nuestra opinión y nuestro gusto, pero lo mejor es no meterse hasta la cocina sin saber bien de lo que en ella se cuece.
Las causas se pierden o se ganan ante los que toman decisiones por distintos motivos que, a tenor de cómo funciona actualmente el comportamiento de los grupos sociales relacionados con la pesca, podríamos establecerlos como:
- El interés económico
- La presión política
- El tráfico de influencias
- Las campañas mediáticas
- La presión jurídica
- La protesta por vía administrativa
- La reivindicación colectiva organizada
- La lucha callejera
- Las razones técnicas
- Las consideraciones éticas
- La conservación del medio
Del orden de intrascendencia en que se coloquen estas acciones surgirá la fórmula decisoria que tendrá como consecuencia el resultado de las medidas tomadas y también nos dará el índice de calidad del sistema de convivencia que nos hemos dado.
Por supuesto que, en todos y cada uno de los argumentos que se aducen para inclinar la balanza, intervienen por un lado la perfidia, la manipulación y la mezquindad; y por el otro la inconsistencia, la idealismo y la filantropía. Estos rasgos del comportamiento humano, unidos a otros tan característicos como la codicia y la estupidez, forman el caldo base.
Pero para entender el resultado del potaje de mezclar todos estos ingredientes, hay que elegir bien la cacerola en que se han metido, conocer la temperatura que pueden alcanzar y saber proporcionar correctamente los ingredientes de la receta. Como es lógico eso sólo lo hacen bien los buenos cocineros experimentados y aunque desgraciadamente no hay muchos, si es posible que puedan llegar a crear escuela. Los que probamos el resultado de este guiso podemos tener nuestra opinión y nuestro gusto, pero lo mejor es no meterse hasta la cocina sin saber bien de lo que en ella se cuece.
domingo, 23 de julio de 2017
Argumentario
Hay actitudes y caras que me resultan tan displicentes como anodinas, quizá sea una asociación fisonómica como consecuencia de lo que, acompañadas con el resto de su cuerpo, dejan escrito que, a poco que no se equivoquen, reflejan su ideario y su forma de afrontar su existencia y de querer dirigir la de los demás.Por insondables, me resultan curiosas esas actitudes proselitistas que, con detestables y se supone que, indiscutibles argumentos, tratan los de los demás y sus razones como desecho del intelecto. Son posiciones arrogantes que ni por un momento se han planteado analizar el origen de las bases de su discurso, bases impuestas que emanan de un reducido número de conspicuos argumentistas fajados en la mediocridad de la demagogia resultadista.
Encuentro bastantes, pero creo que el mayor problema que tiene este sistema de manipulación de la información es que el segundo escalafón de tertulianos, los que realmente entran en el debate cuerpo a cuerpo, no soportan un asalto dialéctico, ya que su argumentación se desmorona y denota la orfandad y la desnudez con que los han entregado sus popes mediáticos. Cuando esto pasa, siempre tienen la posibilidad de recurrir a las viejas costumbres de intimidar al contrincante, de denostarle o en el peor de los casos de violentarle, actuaciones que son fruto de una tradición muy arraigada que sigue dando resultados. Mientras, los de la primera línea, que no se entretienen en estas actitudes arrabaleras, se dedican a la gran política donde dejan en evidencia su falta de pericia.
Hay diferentes maneras de defender la pesca, pero disfrazar unos intereses particulares de forma que parezcan generales no es la mejor. Estos métodos torticeros pueden dar alas a aquellos que sólo la ven como un modo de crueldad contra los animales.
domingo, 2 de julio de 2017
El problema rural
Estoy afligido por el problema de la despoblación del mundo rural, no es un problema banal y nos afecta mucho a los pescadores que las zonas donde practicamos nuestra afición se queden sin esos afectuosos aldeanos que siempre te preguntan con amabilidad si se te está dando bien, y como contestación a tu respuesta te cuentan con cierta retranca que ahora no hay pesca y que antes si que había, cuando ellos se dedicaban a sacar los peces del río hasta dejarlo tieso. Es entonces cuando se te viene a la mente la posibilidad de que sigan haciendo lo mismo y que la retranca empleada tenga una base firme (sobre todo si el día no se te está dando bien).
La idea de que los pescadores ayudamos a fijar población en el medio rural es más ilusa que romántica, sobre todo desde el punto de vista del ribereño que piensa que antes de que venga otro de fuera a llevarse sus peces es mejor tenerlos a buen recaudo en el arcón. Tal y como está la situación, si te dejas unos pocos euros en desayunar y comprar viandas en un bar de la autovía antes de llegar al desierto demográfico donde no podrás encontrar ni pan para un bocadillo, habrás hecho todo el gasto del día incrementando los ingresos de negocios que suelen ser saneados, porque en los siguientes pueblos por los que pases lo único que dejarás será la estampa que hará el coche al atravesarlos, con suerte podrás parar en alguno y reponer agua en la fuente mientras recibes miradas que nunca sabrás muy bien que significan. A los pescadores en los pueblos no nos esperan.
Por otro lado siempre te queda un rescoldo de tristeza al pensar que estamos repudiando el asiento sobre el que se ha fundado nuestra cultura, nuestra idiosincrasia y la mierda de civilización que tenemos desde el abandono y la separación del medio rural. Te das cuenta de que la mayoría de los pobladores de las zonas rurales ya no son puros y están contaminados por la civilización urbana después de una estancia más o menos prolongada en una ciudad. Elucubras alguna idea para romper el círculo vicioso que está llevando a muchos pueblos a extinguirse y es entonces cuando se te ocurre hacer una plataforma en defensa de los valores y de las tradiciones que han mantenido vivos los pueblos durante tantos siglos.
Pues ahí van esos valores, todos ellos emanados del instinto de supervivencia:
- La brutalidad
- El puterío
- La beatería
- La arrogancia
- La ostentación
- El caciquismo
- La endogamia
- El egoísmo
- La falta de escrúpulos y respeto al medio natural
Recapacitas, repasas en la historia, y te das cuenta de que el miedo y la ignorancia es lo que impedía salir a la gente de la pobreza y de la mala vida que tenían en donde habían nacido, después sigues pensando y no te cabe en la cabeza lo mal que lo tenían que pasar en el pueblo a tenor de lo mal que lo pasaron cuando llegaron a las ciudades y a pesar de todo se quedaron en ellas, el siguiente pensamiento es que los que se han quedado han resistido y a pesar de los cantos de sirena urbanitas y de los emigrantes ostentosos de fin de semana siguen estando convencidos de que su calidad de vida es mejor. Y como consecuencia te pones a indagar en las bondades que tienen las zonas rurales y en las que sirvieran como aliciente para revertir el fenómeno del abandono (aunque a fuerza de ser sincero el abandono es ya un hecho irreversible y la repoblación muy cuestionable en las actuales circunstancias).
Para un pescador es fácil obtener estas bondades si el pueblo tiene río y además tiene peces, pero desafortunadamente el porcentaje de pescadores que formamos la sociedad es relativamente pequeño y más pequeño aún el porcentaje de los que ven el río como un medio natural y no como una despensa. Es mucho mayor, afortunadamente, el porcentaje de ciudadanos que prefieren pasar el fin de semana en un centro comercial climatizado o encerrados en su salón mirando la televisión o las redes sociales.
Ahora que estos valores, que han abandonado el campo y se han establecido en las ciudades, que se han atemperado y algunos por suerte están en vías de extinción, que residen dónde la gente es menos libre, mas servil y está sutilmente alienada ¿no es mejor, acaso, que permanezcan recluidos en las ciudades?
La idea de que los pescadores ayudamos a fijar población en el medio rural es más ilusa que romántica, sobre todo desde el punto de vista del ribereño que piensa que antes de que venga otro de fuera a llevarse sus peces es mejor tenerlos a buen recaudo en el arcón. Tal y como está la situación, si te dejas unos pocos euros en desayunar y comprar viandas en un bar de la autovía antes de llegar al desierto demográfico donde no podrás encontrar ni pan para un bocadillo, habrás hecho todo el gasto del día incrementando los ingresos de negocios que suelen ser saneados, porque en los siguientes pueblos por los que pases lo único que dejarás será la estampa que hará el coche al atravesarlos, con suerte podrás parar en alguno y reponer agua en la fuente mientras recibes miradas que nunca sabrás muy bien que significan. A los pescadores en los pueblos no nos esperan.
Por otro lado siempre te queda un rescoldo de tristeza al pensar que estamos repudiando el asiento sobre el que se ha fundado nuestra cultura, nuestra idiosincrasia y la mierda de civilización que tenemos desde el abandono y la separación del medio rural. Te das cuenta de que la mayoría de los pobladores de las zonas rurales ya no son puros y están contaminados por la civilización urbana después de una estancia más o menos prolongada en una ciudad. Elucubras alguna idea para romper el círculo vicioso que está llevando a muchos pueblos a extinguirse y es entonces cuando se te ocurre hacer una plataforma en defensa de los valores y de las tradiciones que han mantenido vivos los pueblos durante tantos siglos.
Pues ahí van esos valores, todos ellos emanados del instinto de supervivencia:
- La brutalidad
- El puterío
- La beatería
- La arrogancia
- La ostentación
- El caciquismo
- La endogamia
- El egoísmo
- La falta de escrúpulos y respeto al medio natural
Recapacitas, repasas en la historia, y te das cuenta de que el miedo y la ignorancia es lo que impedía salir a la gente de la pobreza y de la mala vida que tenían en donde habían nacido, después sigues pensando y no te cabe en la cabeza lo mal que lo tenían que pasar en el pueblo a tenor de lo mal que lo pasaron cuando llegaron a las ciudades y a pesar de todo se quedaron en ellas, el siguiente pensamiento es que los que se han quedado han resistido y a pesar de los cantos de sirena urbanitas y de los emigrantes ostentosos de fin de semana siguen estando convencidos de que su calidad de vida es mejor. Y como consecuencia te pones a indagar en las bondades que tienen las zonas rurales y en las que sirvieran como aliciente para revertir el fenómeno del abandono (aunque a fuerza de ser sincero el abandono es ya un hecho irreversible y la repoblación muy cuestionable en las actuales circunstancias).
Para un pescador es fácil obtener estas bondades si el pueblo tiene río y además tiene peces, pero desafortunadamente el porcentaje de pescadores que formamos la sociedad es relativamente pequeño y más pequeño aún el porcentaje de los que ven el río como un medio natural y no como una despensa. Es mucho mayor, afortunadamente, el porcentaje de ciudadanos que prefieren pasar el fin de semana en un centro comercial climatizado o encerrados en su salón mirando la televisión o las redes sociales.
Ahora que estos valores, que han abandonado el campo y se han establecido en las ciudades, que se han atemperado y algunos por suerte están en vías de extinción, que residen dónde la gente es menos libre, mas servil y está sutilmente alienada ¿no es mejor, acaso, que permanezcan recluidos en las ciudades?
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